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“OS LO DIGO CLARAMENTE. ABORREZCO LOS CASTIGOS” (Don Bosco).

“No me has castigado”, me dijo Rafa. “No, no te he castigado”, le respondí. “¿Y entonces?”, volvió a retomar el chaval. “Entonces, solo quiero que te des cuenta de que te has equivocado y vuelvas a hacer las cosas bien”, le dije mirándolo fijamente. Me abrazó. Me prometió que volvería a intentarlo.

Rafa había cometido algunos errores y había sido avisado. La última vez sobrepasó algunas líneas rojas y se lo hicimos ver. Fue consciente y pensó que esta vez le caería un buen castigo encima, quizás hasta la expulsión. Nunca hablamos de eso, pero en su imaginario el temor lo hizo consciente de su equivocación. Hablamos sin prisas. Fuimos a fondo de algunas cuestiones y traté de hacerle ver la gravedad de su situación. Pidió perdón. Se extrañó de que no lo castigara, pero la confianza en que podía mejorar fue el mejor estímulo para propiciar un cambio.

En unas buenas noches del mes de agosto de 1863, Don Bosco expresa con claridad y franqueza su pensamiento: “Os lo digo claramente: aborrezco los castigos, no me gusta dar un aviso amenazando con penas a los que faltan; no es ese mi sistema” (MB 7, 503).

Resulta sorprendente y alentador a un tiempo la afirmación de Don Bosco en la circular sobre los castigos de 1883: “A ser posible, no se castigue nunca”. Su comprensión de la relación educativa lo llevaba a privilegiar la confianza y la paciencia, el afecto sincero que se adelanta y previene, la bondad que disculpa y comprende, la paternidad – en fin – que busca siempre el bien de sus hijos. El castigo no entraba en su sistema y si no hubiese más remedio, leemos en la carta circular, el castigo no se aplicará “sino después de haber agotado todos los otros medios”.

Para Don Bosco y su sistema preventivo, el castigo – que debe evitarse siempre que sea posible – va precedido de la corrección. Podríamos decir que el sistema preventivo es también una pedagogía de la corrección. Ésta se expresa en una amplia gama de intervenciones educativas que llevan a cabo los asistentes y maestros: consejos, avisos, llamadas de atención, amonestaciones, advertencias… No son acciones punitivas sino intervenciones educativas que buscan que el joven reconozca a tiempo su error y se enmiende, que evite ligerezas en su comportamiento y se aleje del desorden.

Para Don Bosco, corregir es algo normal en el comportamiento de un padre que ama y es consciente de su responsabilidad educativa con respecto a sus hijos. Don Bosco no acepta el permisivismo. Prefiere educadores que den consejos y corrijan con amabilidad a aquellos más permisivos o estrictamente severos y fáciles a la punición.

Hoy, en una traducción actualizada del sistema preventivo, las palabras de la carta sobre los castigos y que bien pueden ser atribuidas a Don Bosco, son inspiradoras: “Recordad que la educación es empresa de corazones y que de los corazones el dueño es Dios. Nosotros no podemos nada si Dios no nos enseña el arte y no nos pone las llaves en la mano. Por consiguiente, esforcémonos mucho, con humildad y entera dependencia, a la conquista de esta plaza que es el corazón, y que siempre estuvo cerrada al rigor y a la acritud”. Rafa, aquella tarde, comprendió que aquella era su casa y que el afecto está por encima del error. Todos hemos comentado que – desde entonces – el chico ha cambiado.

José Miguel Núñez – SDB

21 VIVIR DE OTRA MANERA

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