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Hemos llegado a una situación en la que da la sensación que la educación debe reinventarse cada día. Se habla mucho de renovación, de adaptación a los nuevos tiempos, de la importancia de prepararnos para un mundo global, del currículo necesario para ser competente. Y nos encontramos con una maraña de nuevos términos pedagógicos que nos superan. Queda una sensación, en ocasiones, de que las enseñanzas y aprendizajes del pasado ya no tienen valor, como si tuviéramos que empezar de cero continuamente y especialmente cuando hay nuevo gobierno y debe promulgarse una nueva ley educativa.

Debería existir un sustrato que no cambiase, unas bases que no pudieran desaparecer. El estudio y la investigación en la medicina, las ciencias o las humanidades han ido evolucionado a partir de unos principios. Los logros de la actualidad también se deben a muchos intelectuales y científicos de otras épocas. Es también por lo que cualquier educador debe tener presente lo que hicieron otros que le antecedieron. Todos recordamos los buenos docentes, aquellos que nos marcaron, que nos ayudaron, que nos enseñaron y a los que recordamos con gratitud.

Han sido muchos los docentes que han ejercido en aldeas o pueblos en condiciones difíciles o en barrios de grandes ciudades con escolares en situación de exclusión. Han entregado una buena parte de su vida para que sus alumnos se labrasen un futuro. Los saberes que les inculcaron les sirvieron para, al llegar a adultos, ser buenos profesionales y con unos valores éticos que pusieron en valor en sus familias y en su vida laboral y social. Si analizamos la historia de la educación encontramos muchos buenos pedagogos que establecieron unos principios que tienen algo de inmutables.

Es por ello que no podemos estar continuamente reinventado la educación. Busquemos las bases, lo necesario. Existen unos valores y principios inalterables a pesar del paso del tiempo: la solidaridad, la buena convivencia, el respeto al medio ambiente, etc. Y existen unas metodologías basadas en el afecto, pero también en un respeto a los padres, compañeros, profesado y centro.

La relación padres-profesorado, algunas veces poco colaborativa, debe ser de entendimiento y no de recelo. Unos y otros buscan el mismo objetivo: educar. Cuando se da esa colaboración el niño o el adolescente se siente seguro y va vislumbrando hacia dónde se encamina su futuro, cuál debe ser su proyecto de vida.

La educación semeja un pastel del que todos quieren tomar la mayor parte sin concesiones: administración, partidos políticos, asociaciones… Y eso no es bueno, pues no se busca el consenso. Y para lograrlo, todos deberemos ceder en nuestras convicciones y no hacer prevalecer nuestros criterios, rechazando de plano los de los demás. Si en algo debemos llegar a un mínimo de consenso es en temas educativos. Los países europeos más avanzados nos han dado ejemplo. Aquí, en España, llevamos años sin que se haya conseguido una ley de educación que perdure en el tiempo.

Si el futuro de un país depende de la educación no se lo ponemos fácil a nuestros niños o nuestros adolescentes. Y si profundizamos en ello veremos que la pirámide de población se queda sin base por el descenso de la natalidad, lo que nos augura un difícil futuro. Muchos niños viven en el umbral de la pobreza, estamos viendo últimamente demasiado a menudo casos de maltrato infantil y nos damos cuenta que debería existir un mayor apoyo a la infancia.

Los objetivos, los contenidos curriculares, la metodología o la evaluación se consideran las bases de nuestro aprendizaje, pero nos olvidamos del enseñar a pensar, del estímulo de la creatividad, de la búsqueda de la autonomía, de las buenas relaciones en el ámbito escolar y social y de que la escuela sea inclusiva. Muchos problemas por resolver, pero con el consenso de los que intervienen en el mundo educativo se podrían aminorar y conseguir lo que ya persiguen muchos docentes: que nuestros alumnos sean felices; que disfruten con el aprendizaje; que sean respetuosos con ellos mismos, con los demás y con el medio ambiente; que aprendan a ser autónomos y con capacidad de decisión, y desarrollen todas sus capacidades y potencialidades. Y, además, que se tengan en cuenta sus opiniones.

OPINIÓN / José Antonio Adell Castán en salesianos.info

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