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Tenía diecisiete años y me hervía la sangre en aquel mil novecientos ochenta, en plena transición democrática, abriendo los ojos a las injusticias y violencias de un mundo convulso. Daba mis primeros pasos en una Iglesia joven que descubría con asombro en su dinamismo juvenil y su compromiso social. La Pascua Joven de aquel año, bajo el lema de “¡Cristo Vive!”, fue mi primera experiencia de una Iglesia comprometida con los pobres de este mundo y agente de cambio que impulsaba una realidad mejor. El mundo que habría de llegar era el mundo nuevo que yo identificaba con el Reino de Dios y que empezaba a convertirse en mi horizonte vital.

Aquella Pascua fue especial. No sólo porque fue la primera o por la efervescencia social y política del momento, sino porque, además, la figura de un obispo mártir asesinado en San Salvador tiñó de rojo los contenidos y las celebraciones litúrgicas de aquel año. Recuerdo que lo viví con pasión. Quedó grabada para siempre en mi corazón la historia de monseñor Romero, cuya imagen rota tras el altar después de ser tiroteado permaneció impresa en mi retina mucho tiempo. Era el obispo de los pobres, el mártir de la liberación, el fermento de una Iglesia nueva que se abría paso en un nuevo orden mundial.

Después de aquello han pasado muchas cosas. He madurado mi fe. He acrecentado mi sentido eclesial. He tratado de responder a la llamada del Señor a entregar la vida en su nombre por los jóvenes más pobres. Mucho tiempo después, la figura de San Romero de América continúa siendo inspiradora y puede que – hoy más que nunca – luminosa en mi proceso vital. La Iglesia ha reconocido la santidad de quien ya era sentido así en el corazón del pueblo hace mucho tiempo. Hoy agradecemos a Dios, una vez más, que nos ha enviado pastores buenos que no han huido del aprisco cuando arreciaba el miedo. Pastores, como Romero, que han sido la voz de los sin voz en un contexto social políticamente humillante para los más vulnerables. Pastores, como San Romero de América, que han levantado a un pueblo para proclamar que el Reino no está de parte de los poderosos. Pastores buenos, en fin, que derraman su sangre – como el Maestro – por defender que Dios llora cuando sus hijos más débiles son violados y pisoteados.

Hoy ha dicho Francisco que Romero y Pablo VI son los testigos de una Iglesia extrovertida que ha superado su auto-referencialidad. Romero, San Romero de América, y el Papa del Concilio nos estimulan a seguir peregrinando hacia los pobres para abrir – en el nombre de Dios – prisiones injustas y vendar corazones heridos. Como aquel adolescente de diecisiete años, hoy mi corazón apasionado y acrisolado por los años sigue latiendo con fuerza cuando resuenan en mí las palabras del obispo de los pobres: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Amén.

José Miguel Núñez, sdb en Vivir de otra manera

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