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En la memoria de San Francisco de Asís…

Cuando era un joven salesiano en formación inicial, recuerdo algunas discusiones infinitas sobre nuestra vida de pobreza en comunidad. Los múltiples argumentos se esgrimían con vehemencia en una dirección u otra buscando honestamente hacer luz sobre una cuestión que – no me cabe duda – nos importaba y preocupaba mucho a todos. Tras un amplio escrutinio, llegada la hora de alcanzar alguna conclusión, en más de una ocasión pusimos el acento en que, bueno – en realidad -, vivíamos más o menos como la media de personas de nuestro entorno. Y reconozco que el punto de llegada en aquel momento parecía suficientemente convincente como para tranquilizar nuestras conciencias. Pero cuando he sido algo más adulto, la inquietud sobre nuestro modo de vivir ha dilapidado cualquier complacencia.

Podría poner más ejemplos. Pero lo cierto es que hoy me repito con frecuencia que para ese viaje no son necesarias estas alforjas. Para vivir como el resto de la gente con la que me encuentro cada día en la calle, en el trabajo, en la universidad, en el supermercado… no habría hecho falta hacer ninguna profesión religiosa o asumir los consejos evangélicos, o apostar por la vida fraterna en comunidad o la dedicación por entero a la misión. Y esto es lo dramático de todo esto. Sin darnos cuenta nos hemos mimetizado hasta el punto de creer que es suficiente decirnos que “vivimos como los demás”.

No se trata de ser mejores o peores. Esto no se juega en un narcisismo espiritual que nos haga sentirnos diferentes y superiores. Se trata, más bien, de ser fieles a la propuesta de Jesús. El Evangelio plantea un modo de vida a contracorriente, a contrapelo, fuertemente contracultural. Querer hacer componendas con el mensaje del Nazareno no solo no hace justicia a su modo de vivir, sino que traiciona las aspiraciones de muchos hombres y mujeres de todos los tiempos que han tomado en serio el Evangelio sine glossa hasta entregar sin reservas la propia vida, como el Maestro.

Andamos a vueltas con la propuesta vocacional y no dejo de decirme a mí mismo que – aunque muchos nos admiran – no desean vivir como nosotros. El planteamiento de la vida religiosa actual, como el del compromiso evangélico de todo seguidor de Jesús, encuentra su piedra de toque en el modo de vivir de cada cristiano y por ende de nuestras comunidades creyentes o religiosas que fueren. Sin una vuelta al Evangelio sine glossa estaremos perdiendo la batalla de la significatividad y seremos cada vez más irrelevantes en una sociedad que engulle todo lo que se difumina en el paisaje común.

Si alguien te pide la capa, dale también la túnica; si alguien te pide caminar una milla, camina con él dos; no juzgues y no serás juzgado; no des rodeos ante tu prójimo apaleado al borde del camino; perdona sin límites y ama sin límites; el amor sin ficciones… y podría seguir. Éste, solo éste, es el camino para que nuestras comunidades puedan ser un poco de luz en medio de tanta opacidad y no una comida sin sal a la que tanto estamos acostumbrados cuando nos refugiamos en nuestros cuarteles de invierno aquejados de mil dolencias. Hemos de reaccionar pronto. Antes de que la parálisis sea irreversible.

José Miguel Núñez, SDB, en Vivir de otra manera

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